Undiscovered colors - The Flashbulb
Nació temprano. Ojos avellana y tirabuzones del color del chocolate. Curiosa, ávida, intrépida y algo traviesa. Negar eso es una tontería.
Demasiado curiosa para su edad,
menos inocente de lo que debiera ser, lo suficiente intrépida para considerarse
anormal y, bueno, bastante traviesa para hacerse entender.
Ni esas cualidades ni las que desarrollaría a
partir de ése momento le servirían para evitar lo que tenían pensado para ella.
Entrenada para la perfección.
Limitada para una misión. Entablillada su mente y censurado su corazón.
Adiestrada, educada, apañada, y
si no, castigada.
Sin poder escoger el color de sus
baldosas caminó rodeada de normas. Recortaron su imaginación, encarcelaron su
alma de niña y la vistieron de mujer. Le
enseñaron a gustar. A encajar. A sonreír. Cada cumpleaños recibía un tomo nuevo
que coleccionar de su enciclopedia de responsabilidad y un...
Nada. No hay manera. Llevo 20
minutos intentando escribir una historia y no fluye. No lo hace.
Era tan fácil antes... Todo venia
a mi mente con rapidez.
¿Qué ha cambiado?
¡Ah! Ya. Si.
Mi manera de verlo. Perdón. Vuelvo
a empezar.
.
.
.
Nacieron temprano. Curiosos,
ávidos, intrépidos y algo traviesos. Negar es eso es una tontería. Ella nació
con ojos avellana y tirabuzones del color del chocolate pero también podría ser
aquél que nació con el pelo áureo y ojos lluvia o aquella de ojos de océano y
cabello alborotado.
Demasiado curiosos para su edad,
menos inocentes de lo que debieran ser, lo suficiente intrépidos para
considerarse anormales y, bueno, bastante traviesos para hacerse entender.
Claro que ni esas cualidades ni las de que desarrollarían a partir de ése momento les servirían para evitar lo que tenían pensado para ellos.
Claro que ni esas cualidades ni las de que desarrollarían a partir de ése momento les servirían para evitar lo que tenían pensado para ellos.
Entrenados para la perfección.
Limitados para una misión. Entablilladas sus almas y censurados sus corazones.
Adiestrados, educados, apañados, y si no, castigados.
Adiestrados, educados, apañados, y si no, castigados.
Sin poder escoger el color de sus
baldosas caminaron rodeados de normas. Recortaron su imaginación, encarcelaron
sus almas de niños y los vistieron de adulto. Les enseñaron a gustar. A
encajar. A sonreír.
Cada cumpleaños recibían un tomo nuevo que coleccionar de su enciclopedia de responsabilidad y una carta donde se les explicaba su nuevo plan de adiestramiento para el año siguiente.
Cada cumpleaños recibían un tomo nuevo que coleccionar de su enciclopedia de responsabilidad y una carta donde se les explicaba su nuevo plan de adiestramiento para el año siguiente.
No había tiempo para dragones,
magia, naves espaciales, fuego, batallas épicas ni caballos alados.
El tiempo era limitado. Ya tendrían tiempo de pararles cuando a los creadores les interesase. Por ahora, ellos debían crecer rápido. Conocimiento. Moral. Ética. Prejuicios. Moldes. Pico y cincel. Tinta manchando el papel.
El tiempo era limitado. Ya tendrían tiempo de pararles cuando a los creadores les interesase. Por ahora, ellos debían crecer rápido. Conocimiento. Moral. Ética. Prejuicios. Moldes. Pico y cincel. Tinta manchando el papel.
Sin embargo, los creadores no
podían controlarlo todo. No podían vigilar los sueños de aquellos niños de piel
madura.
Y soñaban. Por supuesto que soñaban. Algunos soñaban con la restringida diversión, otros con ejércitos librando batallas encarnizadas, otros con el prohibido amor del mismo sexo, otros con el color azul del cielo y no el marrón de los sillones de abogado.
Los sueños les hablaban, les enseñaban el mundo exterior fuera de las anteojeras y los libros de texto.
Y soñaban. Por supuesto que soñaban. Algunos soñaban con la restringida diversión, otros con ejércitos librando batallas encarnizadas, otros con el prohibido amor del mismo sexo, otros con el color azul del cielo y no el marrón de los sillones de abogado.
Los sueños les hablaban, les enseñaban el mundo exterior fuera de las anteojeras y los libros de texto.
Así, empezaron a aprender a vivir
en dos mundos. A sobrevivir.
Soñando despiertos, los pequeños
se hicieron valientes, se hicieron preguntas y las resolvieron. Al fin y al
cabo, les habían entrenado para la resolución. ¿No?
Descubrieron que la diversión
podía enseñar y que las batallas también
se libraban en solitario y contra muchos factores nada parecidos a dragones. Aceptaron
encantados que el amor no entiende de normas y que las baldosas eran del color
del que ellos quisieran construir el camino.
Vieron la verdad y, dentro de ella, todas las demás verdades.
Vieron la verdad y, dentro de ella, todas las demás verdades.
Los ignorantes, incompetentes y retrasados no eran ellos.
Los creadores habían demostrado un nivel de evolución tal que, intentando clausurar, abrieron. Intentando dominar, liberaron. Intentando enseñar, limitaron. Intentando limitar, enseñaron.
Llegados a éste punto os
pregunto: ¿Qué más puedo deciros?
Hoy son adultos de alma infantil.
Adiestrados, sí, pero también agradecidos y es ahí donde nace la verdadera
fuente de su inteligencia.
Agradecen cada castigo injustificado, cada libro impuesto, cada cincelada, cada bofetón, cada grito y pisotón.
Agradecen cada castigo injustificado, cada libro impuesto, cada cincelada, cada bofetón, cada grito y pisotón.
¿Porqué? Eso se preguntan los creadores ahora y la respuesta es tan sencilla como ese problema de cuadernillo de verano.
Porqué eso les hizo libres.
Construir muros que limiten el campo puede provocar una reacción: la curiosidad
de saber qué hay fuera y porqué no se puede ver. Y por eso. Gracias.
Hoy os digo:
Volad. Si creéis que no podéis porque de pequeños cortaron vuestras alas, os equivocáis.
Recordad que vuestra mente es superior a las clases de aerodinámica.
Recordad que no os han encerrado. Os han enseñado a cerrar vuestra propia puerta.
Recordad que os han dado la mejor de las lecciones posibles:
Ver siempre lo que hay al otro lado.
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